lunes, 24 de agosto de 2009

Columna

El Zancudo
(No mata, pero hace roncha)

Arturo Soto Munguía

Juanito canta La foca Ramona; el arzobispo vende indulgencias

Que el movimiento 5 de junio ha venido a menos, dicen. Que se han dividido. Que son cada vez más pocos, dicen.
Pero son un valladar. Tan fuertes, que han resistido cañonazos de dinero, amenazas, chantajes, insultos de una prensa que se ha ensañado con ellos para quedar bien con el que les paga.
Por sus hijos muertos y heridos han aguantado y aquí están, de nuevo, con la voz completa y la dignidad intacta.
Están los niños que levantan imágenes con los rostros sonrientes de sus hermanitos muertos. Las mujeres que lloran al paso de la marcha; los hombres que se quitan el sombrero, la ciudadanía que respeta el dolor y el duelo y que los ha cobijado con su manto solidario cada vez que salen a exigir justicia y los arropan en un grito: ¡No están solos-No están solos!
Está la señora que no puede más seguir de pie, pero sigue atenta las palabras de los oradores, abrazando su vientre hinchado donde late una criatura que tiene derecho a seguir latiendo.
Sin ustedes no somos nada, dicen los padres y las madres de los niños fallecidos en el horror de un incendio por el que preguntan todos, en todo el mundo.
En Nicaragua, por ejemplo, a donde el cronista viajó recientemente para participar en un evento deportivo que congregó a representantes de unos 30 países, muchos quieren saber más sobre el caso ABC: brasileños, hondureños, canadienses, estadunidenses, ecuatorianos, puertorriqueños, costarricenses, peruanos, todos los que preguntaron lo supieron y se fueron cargados con el relato de los hechos, con las direcciones electrónicas donde pueden enterarse mejor de lo sucedido.
El impacto del incendio es impresionante en la opinión pública internacional.
No saben los nombres, digamos, de Patricia Duarte, pero saben de un grito desgarrador que salió de su garganta durante la llamada Marcha de las Cunas, que concluyó en la Casa de Gobierno en la colonia Pitic, de Hermosillo: “!Maldito Asesino!”.
No saben los nombres de los demás padres ni de los niños muertos, pero dicen que han llorado con ellos y también han maldecido a los culpables.

II

A las seis cuarenta y siete, el primer redoble de tambores anuncia la salida de la décima marcha por la justicia y por la verdad.
Salen de la plaza Emiliana de Zubeldía, improvisado mausoleo donde el atado de tubos de PVC que asemejan cirios gigantescos, se ha inclinado por el viento, y la lluvia ha borrado algunas leyendas escritas sobre el pequeño monumento tubular que recuerda a los 49 niños muertos en la guardería.
A su alrededor, diminutos pares de zapatos, tenis y huaraches están pegados con silicón al piso de cemento. Al frente, decenas de cruces blancas y muchas fotografías infantiles de los que murieron en el incendio, quemados o intoxicados por el veneno de los gases. O en los hospitales, después de sufrir lo indecible.
En las lonas y pancartas, en las camisetas, consignas viejas después de casi 90 días, que se renuevan cada vez que la gente vuelve a tomar la calle.
“La foca Ramona trabaja en un circo/tiene una pelota muy grande y es roja/la avienta hacia arriba, la avienta hacia abajo/se sube en un banco y come pescado…”.
Desde que la marcha sale, Juanito canta desde la pantalla del celular de su madre, que camina por el bulevar Rosales, acompañada de otros padres y madres y tías; hermanos, amigos, periodistas, ciudadanos solidarios con Juanito, que ahora sólo canta desde la pantalla del celular de su madre, porque es uno de los 49 pequeños que murieron en el incendio de la guardería.
Juanito rompe el silencio con su voz metálica. Los tambores rompen esporádicamente el silencio. Un altoparlante montado sobre un auto también rompe el silencio de una marcha que después de diez veces, decidió dejar de ser silencio, aunque con su silencio han conseguido que el mundo entero los escuche.
Como en otras ocasiones, doña Ana María Monge viuda de García busca un lugar en la calle para colocar su silla, y esperar con sus casi cien años a cuestas, con su rostro en el que ya no caben más arrugas, con sus manos que saludan a los manifestantes que ya la sienten parte de la familia y también la saludan por su nombre.
La marcha dobla en la calle Matamoros, camina hasta el Mercado Municipal donde hace una breve parada, para continuar hasta la Serdán y de ahí hasta Palacio de Gobierno.

III

Exactamente una hora después de salir de la Emiliana de Zubeldía, comienza el pase de lista desde el kiosko de la plaza Zaragoza. Un ejercicio de recordación que hermana a todos en un grito que sucede al nombre de cada uno de los pequeños ausentes: “¡No debió morir!”, y luego una fuerte percusión de tambores que llena la noche en la plaza, justo en medio de la Catedral Metropolitana y el Palacio de Gobierno.
La marcha es por los niños que aún se recuperan en hospitales; los que han sido dados de alta, pero cargan en sus pieles las marcas de las quemaduras, y en sus pulmones las secuelas de la aspiración de gases tóxicos emanados del material que ardió en la guardería. Material prohibido, hay que apuntar, por su peligrosidad.

IV

Esta marcha es por la verdad, dicen los padres en la Plaza Zaragoza. Y por la verdad, informan que uno de los dueños de la guardería, Antonio Salido, interpuso una demanda contra quien resulte responsable de los daños a las instalaciones de la bodega donde ardieron los pequeños.
Cuando estábamos velando a nuestros niños, cuando los estábamos enterrando, el señor demandaba el pago de los daños ocasionados a su propiedad durante el incendio.
Por la verdad, informan que los socios de la guardería buscaban hace unos días, un amparo para no ser ‘fichados’ por las autoridades policiacas.
Por la verdad, informan que en estos últimos días, varias personalidades de la vida política, empresarial y religiosa de la
sociedad sonorense, envió cartas a la Procuraduría General de la República y a cuanta instancia judicial pudieron, avalando la solvencia moral de los socios de la guardería, que siguen libres.
Han enviado cartas avalando su conducta intachable, su honestidad y nobleza; su integridad y su altruismo.
¿Por qué si son todo eso, se esconden? ¿Por qué despiden a sus trabajadoras sin pagarles lo justo?, se preguntan.
Y dan nombres de los avales: diputados Edmundo García Pavolvich y Claudia Pavlovich Arellano; Alfonso Cota Hernández, presidente de Canaco y Onexpo; Juan Carlos Solís López, presidente de Canacintra; Jorge Luis Molina Elías, presidente de la Unión Ganadera Regional de Sonora, y el secretario de la misma, Gustavo Camou Luders.
Héctor Martín Nicola Monroy, presidente del patronato de Cruz Roja; Patricia Galaz Córdova y Lucía Herrera Morales, directivas de la Institución de Asistencia Privada Unidos Hermosillo; Margarita Ibarra Platt, presidenta de la Posada del Buen Samaritano; Yolanda Escalante de Mazón, presidenta del Voluntariado CIMA.
Entre otros, Adalberto Atondo Aguayo, Graciela Irma Leal Tamez, Óscar Cuéllar Rosas (Coparmex); Norman Andrés Sánchez Aguirre (Seguros Monterrey).
Y más que la cereza en el pastel, el ajonjolí de todos los moles, el Og Mandino de las indulgencias, el Arzobispo Emérito de Hermosillo, Don Carlos Quintero Arce.
Trinquetero Arce. Dinero Hace, fueron voces que se oyeron en el mitin al escuchar su nombre.
“No, señores, no son moralmente intachables”, dijo Abraham Fraijo, el papá de la pequeña Emilia, “son unos asesinos que no tienen… no tienen… Y su voz se quebró sin completar la frase.
¡Madre!, surgió una voz entre el público.
“Gracias”, dijo Abraham.
Y siguió Cristina, la mamá de Bryan Alexander, para agradecer a los asistentes. Para pedir que no los dejen solos. Para decir que gracias a su apoyo, la Suprema Corte de la Justicia ha pedido un nuevo peritaje a cargo de expertos de otros países, para conocer la verdad sobre las causas del incendio, porque después de casi tres meses, las versiones oficiales en Sonora dejan más dudas que certezas.
También habló su esposo, para decir que ese mismo día por la tarde, se le acercó al gobernador del estado, Eduardo Bours Castelo, para preguntarle qué va a pasar con el caso de la guardería.
Es que desde hace varios días, los padres mantienen un plantón frente a palacio de gobierno, donde instalaron un contador de los días que le faltan a Bours para dejar su cargo, el próximo 13 de septiembre.
Ahí se le acercó, pero el gobernador lo dejó con la palabra en la boca, no sin antes decirle que quienes participaban de ese movimiento, no tenían moral.
Y el gobernador se subió a su automóvil, cerró la puerta y se retiró, pero ya no escuchó el grito que otros sí oyeron, desde el corazón del padre de uno de los niños muertos: “Lo bueno es que ya te vas… ojalá te pudras”.

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